MARINA


(Relato
erótico con sabor a mar)

 

 

 

 

Hacía una hermosa mañana. El mar lucía ese tenue rizado que invita a una navegación apacible y en mi interior sonó la llamada de mi fiel velero, invitándome a hacerme a la mar. No tuvo que insistir mucho mi amado Parsifal. El tiempo justo para preparar unos bocadillos y algo fresco para acompañarlos. Y ya estaba en el pantalán.

Al ir a saltar a bordo la vi; sentada en un noray, parecía contemplar embelesada esa superficie rizada, que los rayos del sol hacían resplandecer con destellos dorados, como si sobre el mar flotaran láminas del precioso metal. Su cuerpo fibroso y moreno delataba una vida activa y al aire libre. Llevaba unos sencillos shorts tejanos, cortos y ajustados que se ceñían a su bien formado traserito como un guante y una camisa blanca arremangada y atada a la cintura. -Una sueca preciosa- dije para mis adentros, conclusión a la que me llevaba una larga y bien cuidada melena rubia que le llegaba hasta la cintura, y que servía de marco al perfecto óvalo de su rostro. En el destacaban unos hermosos ojos azules como aguamarinas y unos labios carnosos y perfectamente delineados que pedían a gritos ser besados.

Antes de subir a bordo, le lancé un educado y pretendidamente cosmopolita “Goot morning” al que me respondió con un -buenos días- sin el más mínimo acento. -Te tomé por sueca- le espeté casi farfullando y pensando para mis adentros -¡Que vista tienes…!- Ella replicó entre risas -¡Casi has acertado! Soy de Sueca, Valencia, pero mi padre era noruego- Ambos soltamos la carcajada al unísono. Ya roto el hielo, me atreví a preguntarle -¿Cual es tu barco?- a lo que respondió -¡Ojalá lo tuviera!, pero hoy esperaba embarcarme en el de una amiga, que hace un rato me ha llamado para decirme que lo sentía, pero había pasado la noche yendo y viniendo al lavabo y no estaba en condiciones de hacerse a la mar. Así que dentro de un ratito me iré a casa a ponerme el bikini y a la playa. ¡Que remedio…!

Ese resignado ¡Que remedio!, me animó a decirle casi por compromiso, -Si quieres puedes acompañarme- ¡Se le pusieron unos ojos como platos al contestarme! -¿¡De verdad!?- ¡Y a mi casi me da un infarto! ¿Estaba soñando o esa belleza acababa de aceptar mi invitación? Mi lengua seguía empeñada en jugármela cuando entre balbuceos le dije -¿No te marearás no?- A lo que para mi estupor respondió -¡Nunca! Es más, conozco perfectamente la navegación. Desde siempre ha sido mi pasión. Y aún que no tengo barco, tal vez algún día… Desde pequeñita, he navegado. Mi padre tenía un hermoso “Puma”, en el solíamos hacerlo siempre que el tiempo lo permitía y desde los 20 años tengo el título de patrón de yate, pero por la maldita crisis tuvo que venderlo y desde entonces solo puedo navegar “de prestado”, así que no vas a embarcar una pasajera, si no una tripulante-

Sin más dilación la invité a subir a bordo, lo que hizo con experta agilidad y al inclinarse a tirar de la amarra para acercar el barco, observé que no llevaba nada debajo de su sucinta camisa blanca. La fugaz visión de sus senos provocó en mi entrepierna una sutil “sonrisa” y en mi cabeza un ligero terremoto de eróticas expectativas.

Con presteza se encargó de retirar la funda de la Mayor, mientras yo me ocupaba de subir las defensas y guardarlas en el cofre de la bañera. Puse en marcha el motor, soltamos amarras y encaramos la bocana del puerto, disponiéndonos a disfrutar de un maravilloso día de navegación y quien sabe… si de algún otro placer.

Una vez dejamos atrás la bocana, paramos el motor, ¡Ahhh que silenciosa queda la mar después de hacerlo! Izamos mayor y génova y nos adentramos en los dominios de Poseidón con un un vientecillo largo y bonachón, que auguraba una navegación muy placentera. Andaba yo ajustando la escota del génova, cuando la oí decir, al tiempo que deshacía el nudo de su camisa -¿te importa si me la quito?- Yo acerté a balbucear -¡En absoluto!- y la imité, despojándome a mi vez de la camiseta.

Tenía unas hermosas y tersas tetitas, con las que nada podía la fuerza de la gravedad, coronadas por unos preciosos pezones que se pusieron enhiestos, no se si al sentirse observados, por notar la caricia de la brisa, o por ambas cosas; Y que consiguieron acentuar la sonrisa de mi entrepierna, sobre todo, cuando mirándome con una mezcla de ternura y picardía me susurró con voz insinuante… -¿no tienes piloto automático…? ¡El terremoto de mi cabeza, alcanzó 6.7º en la escala Rigter!

Saltar por el tambucho, agarrar la barra del piloto automático y plantarme en la bañera, fue cosa de segundos. Cuando me incorporé después de ajustarlo, nuestros labios se encontraron y se unieron en un suave beso… casi un roce… La estreché con ternura contra mi pecho y pude percibir claramente la tersura de sus senos y la suave dureza de sus pezones.

Mis manos se deslizaron acariciando su espalda, su cintura, sus redondas y bien torneadas nalgas… Para volver a subir buscando febrilmente sus suaves senos. No se como, nuestros pantalones yacían ya arrebujados en un rincón de la bañera, cuando nuestros pubis entraron deliciosamente en contacto.

Me dediqué a recorrer cada centímetro de su piel, besando, lamiendo, acariciando. Me extasié besando sus deliciosas tetitas y oyéndola gemir cuando mis labios aprisionaron sus pezones. Prosiguiendo mi peregrinaje por su geografía, me detuve finalmente en su pubis terso y sin el más leve vestigio de vello que impidiera gozar de su suavidad. Mi ansiosa lengua, pudo al fin perderse entre los pliegues de sus otros labios, gozando de su fragancia y degustando el sabor de los fluidos de su excitación.

Ella me devolvió cada una de mis caricias y al unísono llegamos al éxtasis, para reemprender de nuevo las caricias y desembocar de nuevo en otro, tras la llegada a una nueva cima. Y así una vez… Y otra… Y otra… Imposible recordar cuantas veces subimos a la cúspide del placer, tanto así, que a no ser por el piloto automático probablemente hubiéramos terminado por embarrancar, pues sin darnos cuenta el viento había rolado y la demora nos iba acercando a la costa.

Paulatinamente fuimos recobrando el sentido de la realidad, nos vestimos para recomponer un poco nuestras figuras, reorientamos las velas y pusimos rumbo al puerto con una plácida sonrisa en los labios.

De repente me di cuenta de que ni siquiera se me había ocurrido preguntarle su nombre, así que le dije -A todo esto… ¿como te llamas?-, -Ingrid- me dijo -¿y tú?-, me preguntó a su vez –MARINA– le contesté. -¿Volveremos a vernos?- me preguntó mirándome tiernamente -!Será un placer volver a navegar juntas!- le contesté.

Desde ese día cada vez que salgo a navegar, antes de soltar amarras doy un último vistazo al pantalán con la esperanza de volver a verla. Sé que algún día estará ahí… Sentada en el mismo noray… Y volveremos a amarnos, como solo dos mujeres pueden hacerlo…

 

 

 






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